Argentina ¿País rico o pobre?

Argentina, ¿es un país rico o pobre?



La pregunta admite respuestas antagónicas. Argentina es, indudablemente, un país muy rico si se considera la gran disponibilidad de recursos y capacidad de producción que posee. Tanto en lo que hace a medios físicos o naturales, contabilizando la extraordinaria extensión de tierras potencialmente cultivables (de las cuales hay casi 40 millones de hectáreas en explotación), el impresionante stock ganadero (incluyendo las 50 millones de cabezas bovinas), los inconmensurables recursos de origen mineral, las importantes reservas de petróleo y gas, el caudal pesquero, etc, todo ello sazonado por excelentes recursos hídricos, buenos climas y abundantes lluvias. Si a este inventario se suman los recursos humanos el cuadro resulta aún mas optimista, debido a la alta calificación educativa de la población, modernidad cultural y tradición científica. Ejémplo de ello son los tres premios Nobel en medicina y fisiología y las contribuciones de argentinos al desarrollo científico y tecnológico.

Desde otro punto de vista, Argentina es un país pobre y postergado. El ingreso medio de la población, que actualmente se ubica en el orden de los 3.000 dólares per capita, es 7 veces inferior al promedio europeo y 12 veces menor al de los paises más desarrollados. En consecuencia, Argentina es el caso de un país rico con una población pobre.

Sin embargo, este enfoque de la realidad puede dar lugar a confusiones. Incluso, podría considerarse que la pobreza nacional es consecuencia del escaso aprovechamiento de nuestros recursos naturales cuando, en verdad, estos han sido y están siendo sobreexplotados y, en algunos casos, hasta el límite de su agotamiento.



Una adecuada interpretación de este fenómeno debe partir de la revalorización del trabajo como fuente genuina de valor y riqueza. Visto de esta forma, las causas de nuestra pobreza se derivan de la alta exclusión laboral y la baja productividad del sistema económico.

Exclusión y baja productividad

De existir condiciones adecuadas, como las vigentes en un país desarrollado, mas de la mitad de la población (unos 20 millones de argentinos) podrían tener empleo e ingresos suficientes para sostener un nivel de vida satisfactorio. En cambio, menos de la cuarta parte (unos 8 millones) alcanzan esa condición. El resto integra el ejército de desempleados (3 millones), subempleados (4 millones) y desanimados (5 millones). En esto radica la mayor perversión del actual sistema económico, que desaprovecha el aporte productivo del 60% de la población económica potencialmente activa.



La PEA argentina es del 42% de la población. Sin embargo, no integran esta categoría los "desanimados" (aquellos que ya han desistido de buscar empleo, atento la falta de trabajo) y otros sectores potencialmente capaces. Esto explica la diferencia con paises desarrollados, cuya PEA llega a alcanzar al 60% del total.

Otra distorsión es la baja productividad de nuestra economía, consecuencia de la poca importancia del sector manufacturero, el más auténtico generador de valor agregado, que representa sólo el 15% del PBI y ocupa a menos de 1 millón de trabajadores. La composición de nuestras exportaciones constituye un fiel reflejo de esta realidad, ya que en sus dos terceras partes son productos primarios o con poca elaboración.

En resumidas cuentas, la riqueza de una nación y de sus habitantes reside, principalmente, en el aprovechamiento de la capacidad transformadora de su población. De allí, que la fuente del atraso y la pobreza argentina resida en la escasa utilización del potencial productivo de sus habitantes. Paradójicamente, asistimos a una dicotomía perversa en que conviven "la sobreexplotación de unos pocos con la desocupación de muchos", funcional a un sistema igualmente perverso. Esta crisis se soluciona con trabajo y, principalmente, con industria. Para parecernos a España es imprescindible, al menos, duplicar nuestra industria.

Interpretaciones

¿Por qué estamos como estamos?

En este punto las explicaciones difieren, según la óptica o ideología de quien responda. Para los ortodoxos la culpa reside en el exceso de Estado y populismo, que ha trabado el desarrollo de un "verdadero capitalismo" (a pesar de tres décadas de dictaduras y democracias de mercado). La solución consistiría en un mayor aliento de la actividad privada y la reducción del Estado a sus funciones indelegables, como justicia y seguridad.

Para otros, la responsabilidad hay que rastrearla en la hegemonía que ejercen los centros sobre la periferia, que les permite aprovecharse de nuestros recursos y trabajo a través de diversos mecanismos de carácter financiero, productivo o comercial. La receta para salir del pozo pasaría por romper con las formas de dependencia o sumisión neocolonial.

Una tercera explicación del retraso y la pobreza, que tuvo su auge en las décadas del 50 y 60, pone el acento sobre el carácter primario exportador típico de las economías subdesarrolladas y la indolencia propia de sus dirigencias rentistas. De allí, los esfuerzos de las corrientes desarrollistas de posguerra en estimular el surgimiento de una clase empresarial dinámica (burguesía nacional) con decisión y capacidad para encarar un proceso de industrialización. En ese contexto, corresponde al Estado facilitar la canalización de recursos financieros y garantizar el acceso prioritario de la producción nacional al mercado interno. Esta corriente, conocida como estructuralismo, debido al énfasis puesto sobre la necesidad de cambios profundos, influyó decisivamente en las políticas de industrialización por sustitución de importaciones, características del periodo de posguerra.

Perspectivas

Actualmente, asistimos a un renacer de la visión estructuralista del subdesarrollo. Existe un amplio y sólido consenso en la sociedad acerca de la necesidad de emerger del atraso a través de la industrialización. El fracaso de las políticas ortodoxas aplicadas en las últimas tres décadas, en particular las experiencias conducidas por los ministros Martínez de Hoz y Cavallo, y el deterioro del país que ha producido la primarización se han convertido en los argumento más contundentes a favor de la industrialización.

Nunca Argentina produjo tantos granos, minerales y petróleo como en la actualidad, ni explotó tan intensamente sus recursos naturales. Sin embargo, nunca los argentinos estuvimos tan mal como en el presente. La solución de nuestros problemas no pasa por la mejora del precio de los granos ni por la eliminación de los subsidios agrícolas en los paises desarrollados. Para el país pastoril sobramos 20 millones de argentinos, de allí que la única alternativa de desarrollo sustentable e integradora pase por la industria.

Por Alberto Pontoni. Octubre 2003