Canasta Navideña

Por estas horas el gobierno nacional ha anunciado con bombos y platillos la nueva “canasta navideña”, en el marco del plan “precios cuidados”, tendiente obviamente a llegar a la población con productos para las fiestas a un precio comparativamente bajo.


Cualquiera puede pensar, en una primera lectura, que es una decisión acertada esta de llegar a la gente con productos navideños a precios bajos. No vamos a discutir esto.

Pero resulta sintomático que a lo largo de los años éste tipo de ofertas se repita una y otra vez.

Hemos tenido las más diversas “canastas” según la época del año. Canastas de Pascuas, canastas escolares, canastas navideñas.


Naturalmente que estas “canastas” no son otra cosa que acuerdos de precios con cadenas de supermercados o empresas productoras para abaratar el costo y hacer más accesibles, para la población en general, los productos que en cada caso se requieren.

Y precisamente porque se trata de “acuerdos” de precios, el análisis de la cuestión debe abarcar todo tipo de “acuerdos”, y no solamente las “canastas”.

¿Cuándo empezaron los “acuerdos”? Ante todo resaltamos que las comillas las ponemos porque sabemos perfectamente que la relación de fuerzas entre el Estado y las empresas privadas no es igualitaria. Por lo tanto más que de acuerdos estamos hablando de imposiciones, controles, o como cada uno decida llamarles.


Pues bien, los “acuerdos” empezaron en tiempos de Roberto Lavagna, ministro de Néstor Kirchner, allá por el año 2005 o 2006. En efecto, la resultante de la emisión monetaria que en esa época era destinada a la compra de dólares a un precio mayor que el de mercado, era la incipiente inflación, que de manera segura y sentida se hacía notar, cada vez más, en lo que Néstor Kirchner llamaba “la mesa de los argentinos”.

Lavagna aplicaba, de manera muy poco sofisticada, la técnica del apriete mediante el recurso de las retenciones a las exportaciones, que ajustaba de acuerdo a su conveniencia con la idea declarada de “disciplinar” (sic) los precios. Es bueno recordar que el propio Lavagna hablaba en los primeros tiempos de un “impuesto distorsivo” cuando se refería a las retenciones a las exportaciones. Finalmente, como queda dicho, en un llamativo modo de intentar cambiar la realidad, pasó a ser el método para evitar que los precios locales se ajustaran a los internacionales.

No es el objeto de este análisis volver a detallar las penosas consecuencias de este modo de razonar las cosas. Baste decir que fue una de las principales razones por las cuales la Argentina se quedó sin autoabastecimiento energético, sin trigo, sin carne, sin lácteos, sin tambos, sin estaciones de servicio, y sin renovación tecnológica en general.

Lo cierto es que esa política aún sigue vigente. Junto con las insólitas restricciones a las exportaciones y la nefasta política de pedidos de permiso para importar.

Entonces, desde 2005 comenzamos con esta triste historia de fijar precios, de evitar subas de tarifas, de “acordar” algunos precios y congelar manu militari otros.

La triste historia de un prepotente secretario de comercio todos la conocemos y recordamos. Todos hemos visto en la televisión sus desaforadas reacciones, y somos muchos los que recordamos las listas de precios sin membrete que se distribuían en el mercado de Liniers, por citar un ejemplo.

En su momento desde la presidencia de la república se instaba a los intendentes, a los sindicatos y los “militantes” a controlar los precios para evitar “abusos”. Toda una larguísima retahíla de más de lo mismo.

En los últimos dos años, acercándonos en el tiempo, hemos tenido primero el plan “mirar para cuidar”, el cual la presidenta anunciaba públicamente que sería “custodiado” por los jóvenes militantes de las organizaciones oficialistas creadas y sostenidas con dineros públicos.

El plan “mirar para cuidar” pasó sin pena ni gloria. Murió sin la más mínima explicación del porqué de su fracaso. Entonces llegamos al presente, al plan “precios cuidados”, que todos tenemos presente.

Todo esto que hemos recopilado a vuelapluma, tiene una sola y única denominación: control de precios. Todo, absolutamente todo. Se llame como se llame.

Aparte de esto, durante todos estos años hemos tenido infinidad de planes de ayuda de la más variada naturaleza y denominación. Milanesas para todos, carne para todos, pescado para todos. Créditos blandos para vivienda, subsidios, tarifas “sociales”, asignación universal, créditos blandos para el consumo, para las PYMES, para los inquilinos.

Actualmente tenemos entre otros el plan “Ahora 12”. También el “Procreauto”. Ayudas y más ayudas.

En un tiempo se anunciaban créditos para las PYMES porque se decía que había que incentivar la producción y no el consumo. Después, se anunciaba que era necesario incentivar el consumo, como ocurre actualmente.

¿No habrá llegado la hora de preguntarse por qué hace falta ayudar todo el tiempo a todo el mundo? ¿No habrá llegado la hora de que los argentinos nos detengamos a pensar qué cosa es la que está fallando para tener que estar a lo largo de por lo menos 9 años esperando ayudas del Estado?

Digámoslo clarito: algo no anda bien. Algo está mal, señores. Algo hace que siempre sea necesario recurrir a todo tipo de planes y ayudas para intentar paliar las consecuencias de aquello que está mal.

Y la pregunta obvia que surge de todo esto es ¿Por qué razón el gobierno no hace nada para corregir las causas de este mal, en lugar de atacar las consecuencias con ayudas tan variadas como insuficientes y efímeras?

Podemos pensar que es porque no puede, que es porque no quiere y también por una combinación de ambas cosas.

Tener que depender de las ayudas del gobierno sirve políticamente. Todo el mundo está esperando los favores que pudieran otorgarse. Desde planes hasta ajustes de los mínimos del impuesto a las ganancias.

La inflación subyace detrás de todo este inmenso problema que deriva en las canastas, en las ayudas, en los subsidios, en los planes. La inflación, la inseguridad jurídica, la discrecionalidad, el déficit fiscal. Esas son las causas que la actual administración no corrige. Por eso las canastas, los planes, las ayudas, y todo lo demás.

HÉCTOR BLAS TRILLO Buenos Aires, 23 de noviembre de 2014