Crisis en Grecia

DE GRECIA SIN AMOR

Nadie puede sorprenderse ante los acontecimientos actuales en la economía de Grecia. En verdad, tanto economistas como políticos saben, en general, cómo termina la fiesta. Pero no muchos parecen dispuestos a decirlo abiertamente.

Por distintas razones, es cierto. Pero todos saben cómo termina. En economía todo es posible, menos evitar las consecuencias. Repetir estos conceptos es, hoy por hoy, de Perogrullo. Pero no lo ha sido a lo largo de unos cuantos años.


El problema de Europa es esencialmente la falta de competitividad que le impide mantener un estándar para el que, literalmente, no le da el cuero. La economía norteamericana, por su parte, es inmensamente más dinámica, ya que se aviene a las leyes básicas del mundo de los bienes escasos: la oferta y la demanda, el respeto del Estado de Derecho, la ley de quiebras, etc.

Luego de la llamada crisis de las hipotecas, provocada en nuestra opinión por la sobre intervención de una Reserva Federal ávida de encargarse de las leyes del mercado, el gobierno norteamericano decidió intervenir con el método de salvataje esencialmente keynesiano que consiste en emitir moneda para que los actores en dificultades sean sostenidos económicamente mediante ayudas financieras y el sostenimiento de tasas de interés bajísimas, cuando no directamente nulas. No es la primera vez que lo hace. Algo parecido ocurrió con la crisis del petróleo en los años 70.

Pero la fiesta que supone disponer de la máquina de hacer billetes es una ilusión. El gran generador de la burbuja que condujo a la crisis fue, precisamente, el intervencionismo, que consistió en prestar dinero a tasas bajas y sin garantías suficientes para incentivar el mercado inmobiliario y facilitar el acceso a la vivienda.


Con todo y pese a todo, es obvio que los E.E.U.U. tienen esa dinámica de la que hablamos en otras oportunidades y que se basa en el hecho de que prácticamente el 75% de su economía funciona dentro de las leyes del mercado, mientras que la llamada eurozona, tomada en su conjunto, mantiene en manos estatales un porcentaje superior al 50%. Es decir, las leyes del mercado son negadas mucho más en Europa, siendo además la economía en conjunto bastante más pequeña.

La Unión Europea tiene normas que establecen que, por ejemplo, sus miembros no pueden tener un déficit superior al 3% de su P.B. I. . Se ha dicho que en Grecia, por cuestiones políticas y otras, el déficit ha crecido a cerca de un 13% de su P.B.I. Algo parecido ocurre en varios de los países miembros de la Unión.

Sin explayarnos tanto como para volvernos muy aburridos tenemos que decir que las pautas de integración del Mercado Común están destinadas a zanjar aspectos vinculados con la competitividad, que obviamente no es la misma en los 27 miembros que lo integran. Ese 3% permitido es una de tales pautas.


Pero la política del Estado Benefactor, que rige las democracias europeas, no parece entrar en razones. Y cuando no dibuja cifras como ocurre entre nosotros, sale con la lengua afuera pidiendo ayuda y prometiendo que para dentro de unos años el problema estará resuelto.

¿PARA QUÉ SIRVE LA AYUDA?

En última instancia la ayuda significa que los demás integrantes deben colaborar con la ineficiencia del país en cuestión. Ayudar a Grecia es eso. Es un país que funciona a pérdida y esa pérdida hay que cubrirla para que vuelva a fojas cero la falta de competitividad.

Esto que decimos lo hacemos con simpleza y salteándonos varios pasos. Pero es así. ¿Soluciona el problema salir a dar ayudas financieras a países en dificultades por falta de eficiencia comparada? Absoluta y definitivamente no. Y eso es independiente de que, para ayudar, se recurra a la emisión de moneda, a endeudamiento o a excedentes fiscales. Porque el problema lo tiene el país ineficiente. Simplemente se busca que no sea el causante el que pague, sino que lo hagan entre todos en forma mancomunada. Es decir, diluir en lo posible el efecto de la crisis. Disimularlo. No es lo mismo que lo paguen los griegos que si lo hacen todos los países de la Unión. Es como un club o las expensas de un consorcio, digamos.

Pero que quede bien en claro una vez más: no se resuelven estos problemas saliendo a tapar baches pasados con ayudas. Es obvio que una vez utilizado el dinero para cubrir el agujero, nuevos agujeros se generarán a menos que, precisamente, se ajuste la economía griega. Y he aquí el gran dilema.

PRESIÓN FISCAL, INFLACIÓN Y AJUSTE

¿Cómo puede ajustarse la economía griega? Esencialmente puede intentar volverse más eficiente y gastar mejor su dinero. Este es el ideal. Tecnificarse, volverse menos burocrática, ajustar su administración, encarar una visión como Nación de mayor grado de conocimiento, educación, etc. Iniciar el camino de la reforma del Estado para hacerlo más útil y competitivo. Eso hace competitiva a una economía y así se logra recaudar más impuestos y gastar menos, hasta alcanzar el equilibrio. Este camino difícilmente sea el elegido. Es costoso, largo, poco visible en lo inmediato. Es, sobretodo antipolítico, como también lo es el ajuste.

Es más, si verdaderamente se hubiera pensado en el camino de la eficiencia, hace rato que se hubiera iniciado el derrotero. Y esto evidentemente no es lo que ha ocurrido.

Otra posibilidad de la que se ha hablado en estos días, es la de que Grecia salga del euro y vuelva a su moneda propia, el dracma. Así las cosas, podría llevar adelante una gran devaluación similar a la nuestra de 2002 y acabar con el problema. Una devaluación es, en esencia, una estafa a quienes confiaron en su moneda, una manera de trasladar a toda la comunidad el costo de la fiesta, y en definitiva una mentira, que lamentablemente suele digerirse mejor que la verdad.

La emisión de moneda local para cubrir el déficit del P.B.I. evita la recurrencia al euro, implica mermar el poder adquisitivo, disminuye el patrimonio líquido y también arrastra a la baja el valor de propiedades y empresas. Visto desde arriba, se haga lo que se haga la fiesta se paga. Y la emisión habrá de darse, de manera masiva, si se retorna al dracma y se concede una devaluación como forma de distribuir el costo de la fiesta.

La presión tributaria adicional entraría en lo que últimamente se denomina ajuste entre nosotros. Es una denominación cargada de desprecio, pero ese desprecio es evidente y eminentemente político. Como fácilmente puede colegirse, nada de lo que hemos señalado en los párrafos anteriores es otra cosa que un ajuste. Pero la población suele dormir mejor con una devaluación masiva, que es tomada como una catástrofe natural o poco menos, que una decisión de bajar salarios o subir impuestos, que es achacable a un gobierno y por lo tanto a los gobernantes de turno.

EL FUTURO

Grecia es uno de los 16 países de la Unión Europea que tiene como moneda el euro. Esto implica un verdadero corsé, igual que lo era la convertibilidad entre nosotros. Eso significa que, ante la menor competitividad, sólo es posible terminar la distorsión con más eficiencia. Si la economía alemana produce bienes y servicios en una determinada cantidad utilizando determinado capital, Grecia debería lograr lo mismo. Y el resto de los integrantes de la Unión lo mismo. De lo contrario el desfasaje subsiste. Y por más que se intente solucionarlo mediante ayudas y compensaciones varias, no se logra otra cosa que trasladar la ineficiencia de unos al costo de la eficiencia de otros, dañando (y no favoreciendo) la competitividad del conjunto.

De los 16 países citados, son 13 los que han superado el porcentaje del 3% mencionado al comienzo de estas líneas. No estamos ante un caso aislado, estamos ante la generalización de un problema que es inherente al sistema elegido.

Europa ha alcanzado un importantísimo grado de desarrollo y una evidente mejoría en los estándares de vida de su población a partir de la Segunda Gran Guerra. Pero ello se ha debido a la acumulación de capital per cápita, a la tecnología, a la mejor educación y a tantos factores que tienen que ver con la productividad. No a la proverbial quintita de fronteras cerradas y beneficios a rolete.

E.E.U.U. por su parte, sabe que la aplicación de recetas keynesianas tiene un límite. Que es posible inyectar dinero mientras la población tenga confianza en su dólar y no más. Sabe que debe detenerse a tiempo porque una vez pasado ese límite será muy difícil volver.

Es bueno recordar que en 1971 la onza troy de oro costaba 35 dólares y hoy vale 1.200 . Es decir que hoy hace falta contar con casi 35 veces más dinero para comprar lo mismo. Si bien el valor de la tal onza pudo haber variado y seguramente lo ha hecho, lo cierto es que lo que muestran estas cifras es que los norteamericanos no han hecho las cosas todo lo bien que ellos mismos podrían llegar a pensar.

Digamos que tanto la crisis del petróleo en los años 70, como la guerra de Irak luego del atentado a las Torres, y ahora la crisis de las hipotecas originaron fuertes emisiones de dólares y pavorosos déficit. Esos déficit se resolvieron con emisión en gran parte. El efecto no es neutro, como se ve con ese solo dato que vertimos.

Acá lo que está por verse es si la moneda europea común puede subsistir ante las desigualdades de productividad señaladas, el alto porcentaje de participación estatal y la evidente tendencia a no respetar los márgenes de déficit que los mismos miembros establecieron. Y cuando hablamos de subsistir tal moneda, hablamos también de su valor comparado. Porque si la pérdida de valor es muy grande para el euro, habrá nuevos cimbronazos y muy probablemente los países más industrializados del grupo no quieran seguir pagando la comodidad de los que gastan de más alegremente porque ajustar es costoso políticamente y volverse más eficiente lleva mucho tiempo.

FIN DE FIESTA

Lo que vemos hoy es el desencadenante de una estructura económica basada en el sostenimiento de fantasías relativas, por así decirlo. Países viejos, con tradiciones importantes, con enfoques humanitarios y socialmente atractivos que no tienen en cuenta que las cosas cuestan dinero, y que el dinero no sobra, y que no todo se puede alcanzar negando la realidad económica o considerándola salvaje. La realidad pasa su factura. Porque como dijimos al comienzo en economía todo puede hacerse, pero no es posible evitar las consecuencias.

El desastre griego, con muertos incluidos, tiene como responsables principales a quienes pergeñaron un sistema que no es viable, que no puede sostenerse indefinidamente. También son responsables los intelectuales, los ideólogos, los que se llenan la boca de compromisos sociales que luego esperan que sean pagados por los demás. Algo de todo esto nos resulta excesivamente familiar.

Tal vez el pueblo griego, como el nuestro, soporte mejor la idea de una catástrofe natural. Allí los responsables encontrarán la puerta para salir del marasmo. Pero una vez más quedará expuesta la realidad: no es posible violar las leyes de la economía sin pagar las consecuencias. Y tal como está ocurriendo con Grecia, lo mismo ocurrirá con varios otros miembros de la Unión si no arreglan sus cuentas. Y como esto último es demasiado difícil, lo más probable es que se busquen procedimientos alternativos para regular las cosas y que la suciedad no se note. Pero se notará.

HÉCTOR BLAS TRILLO

Buenos Aires, 8 de mayo de 2010