Crisis Economía

EL CAMINO DE LOS PRINCIPIOS


La crisis financiera que soporta el mundo ha provocado todo tipo de consideraciones y dio lugar a innúmeras opiniones sobre las bondades o maldades del llamado capitalismo. Pero algunos principios no deben abandonarse, y algunas verdades de a puño deben ser tenidas en cuenta siempre.<--!break-->



En el tramo final de la remake de la película Perfume de Mujer, el personaje de Al Pacino (el ciego coronel Slade) se presenta como defensor del Charlie Simms (Chris O Donell), el alumno del colegio Bird que sin proponérselo fue testigo de una travesura estudiantil. En el alegato magistral que formula, el Coronel Slade hace saber al comité de disciplina del colegio y a todos los alumnos y profesores asistentes que Charlie ha llegado a la encrucijada de su vida y que ha optado por tomar el camino correcto (que no es otro que el de callar quiénes fueron los autores del incidente), el camino de los principios, que dan temple y forjan el carácter. El Coronel recuerda que esa actitud de mantenerse fiel a sus principios pese a que el director de la escuela ( alguien aquí, no diré quién dice) había querido literalmente chantajearlo diciéndole que si no colaboraba no sería recomendado para continuar su carrera en Harvard, cosa que no podría lograr de otro modo dada su condición humilde. Y en una frase memorable Slade afirma que eso se llama integridad.

Efectivamente, el joven Charlie Simms mantenía sus principios y sacrificaba su futuro, pero prefería callar y no delatar a los culpables. Dice algo más el Coronel Slade, dice que él no sabe si Charlie hace bien en callar o no, lo cual parece contradictorio pero no lo es, porque el miedo no es zonzo y el futuro del chico está en manos del director de la escuela.

Todo este introito viene a cuento respecto de lo que está ocurriendo en las finanzas mundiales y que ha dado lugar a amplias controversias respecto del rol asumido por la Reserva Federal norteamericana en cuanto a salir a salvar a determinadas entidades para evitar males supuestamente mayores. A ello se suman también los intervencionismos europeos y japoneses, y de otras entidades centrales de países como China o la India.


Los entes financieros rectores del mundo globalizado han llegado también a la encrucijada de su vida. ¿Han optado por el camino de los principios, que es el más duro y el que forja el carácter?, ¿O más bien han preferido el camino fácil y laxo de salir a salvar entidades con dineros públicos haciéndose cargo de las pérdidas e intentando evitar la debacle?. Y finalmente, ¿lograrán evitar tal debacle?

No vamos a repetir aquí lo que todo el mundo sabe de las entidades, desde Merril Lynch hasta AIG, desde Lehman Brothers a Morgan Stanley, pasando por el HBOS de Gran Bretaña o el Lloyds TSB. O Fannie Mae, o Freddie Mac. No queremos agobiar con cifras a nuestros sufridos lectores, tampoco.

La realidad es que la impresionante inyección de fondos de parte de los bancos centrales para hacerse cargo de los malos créditos otorgados por firmas de primer nivel mundial por miles y miles de millones de dólares (se habla de un intervencionismo total de un billón de dólares sólo de parte de los EEUU) puede servir para postergar la situación límite, para suavizarla un poco en el tiempo, para evitar debacles políticas perentorias, pero no para corregir la esencia de lo que fue mal hecho. Viene a nuestra mente lo ocurrido en la década del 70, primero con forzada salida del patrón oro y luego con la galopante emisión de dólares para contrarrestar la escalada en el precio del petróleo en lugar de encarar seriamente la búsqueda de sustitutos generadores de energía.

También hay que decir que no se trata acá de si el capitalismo está en crisis o no, como suelen sostener curiosos detractores que defienden sistemas que, pese a su filiación comunista, tienen en sus carteras millonadas de títulos del Tesoro Norteamericano como reservas (caso China), o satanizadores del mundo occidental que si embargo depositan sus ahorros por millones en bancos suizos o norteamericanos y veranean en sofisticadas playas del mundo capitalista.

La curiosa mención irónica de la presidenta Cristina Kirchner respecto de que aquel Primer Mundo pretende darnos lecciones para luego derrumbarse estrepitosamente mientras nosotros estamos al parecer incólumes gracias al modelo de Kirchner, De Vido, Moreno, Ferrer y compañía, resulta absolutamente grotesca si al mismo tiempo observamos que a las apuradas unos días antes la misma señora presidenta salió a ofrecer el pago al contado de la vieja deuda con el llamado Club de París para precisamente insertarse en el mundo financiero y no quedar prendados como hasta ahora de nuestros amigos venezolanos a tasas exhorbitantes en dólares. El llamado riesgo país es precisamente una consecuencia de ello, entre otras cosas, ya que se trata de un cálculo basado en la sobretasa que paga la Argentina para financiarse.

La economía denominada real , es decir la no financiera, sufre el cimbronazo en los precios de las commodities , o de las propiedades, o de productos de diversa índole que ven disminuídas sus demandas por el encarecimiento del crédito, que retrae el consumo.

Los recursos para salvar empresas de la índole que fueren, provienen del Tesoro, de la emisión o del endeudamiento. Es decir que la comunidad en su conjunto, solidariamente, saldrá a pagar los malos negocios de los otros. O sea que en buen romance todos seremos un poco más pobres.

Salvando las distancias es lo mismo que ha ocurrido en la Argentina cuando la crisis de 2001. El Estado salió a corregir los dislates devuando la moneda, aplicando corralitos y corralones, pesificaciones asimétricas y demás yerbas que llevaron a la tumba a varios. Así se licuaron los pasivos del Estado, y se eliminaron las llamadas cuasi monedas, ayudados por los altos precios de las commodities entre otras cosas, pero generando un fenómeno de fuga de capitales, alta inflación y daños colaterales provocados por la desaparición de la confianza que ocasionaron la violación de todos los contratos y el default. La evidente falta de inversiones en estas playas, aún comparándonos con países Latinoamericanos no hace mucho postergadísimos, es la pegajosa muestra de lo que estamos diciendo.

Que los Estados salgan a cubrir las pérdidas de las empresas no es un concepto principista, evidentemente. Si no se participa en las ganancias (excepto por el cobro de impuestos) tampoco aparece como lógico que haya que hacerse cargo de los quebrantos. Pero esto, que es para nosotros una obviedad, parece ser ignorado en estas pampas, aunque no lo ignora en absoluto el pueblo norteamericano.

El miedo político a la proverbial hecatombe es un dato de la realidad. Y bancarse ciertas consecuencias no es fácil, no es el camino más sencillo, naturalmente.

Si todas las inversiones hechas en estos años en el mundo, y que supuestamente fueron generadas por los llamados apalancamientos siguen estando, su pérdida de valor no equivale a la destrucción, de manera que el concepto remanido del tsunami tampoco se ajusta a la realidad. Porque un fenómeno natural de esa envergadura todo lo destruye.

Ahora bien, los bancos centrales nacidos durante el siglo 20 tuvieron como función primordial el sostenimiento del valor de las monedas, lo cual implica salir a cubrir con fondos las corridas que pudieran producirse. Para ello es necesario tener fondos de reserva (por eso lo de Reserva Federal ). Pero, y centrándonos en el caso de los EEUU, la Reserva Federal se nutre de fondos provenientes de impuestos y también del endeudamiento (los Bonos del Tesoro) que masivamente se genera cuando la gente, movida por la desconfianza, prefiere vender acciones y deshacer posiciones para comprar los bonos del Estado norteamericano. De tal modo que los fondos para cubrir los malos créditos salen precisamente del endeudamiento, esencialmente. Dicho de otro modo, me endeudo para ayudar a quien hizo un mal negocio. Como fin altruista parece muy bueno, como negocio es pésimo.

Si pensamos que EEUU tiene hoy por hoy un déficit fiscal del orden de los 600.000 millones y ahora sale a bancarse un billón de dólares para salvar la ropa, es fácil colegir qué tan pronto volverá el eco de semejante operación. Tal vez la cuestión no llegue tan lejos si es que el simple anuncio detiene el pánico, pero no podemos obviamente asegurarlo.

Todo el mundo dice que si esto no se hace la situación será más critica todavía y podría generarse un cuadro tan grave como el del año 30. Creemos sinceramente que este punto está por verse.

Pese a que la crisis de las hipotecas tiene casi un año, en el último trimestre la economía real norteamericana creción más de un 3%. Los procesos de ajuste constituyen pérdidas básicamente para los tenedores de bonos de riesgo o los accionistas de las instituciones adquiridas o ayudadas por el Banco Central.

Las industrias no han dejado de funcionar en el mundo. Nadie a salido a destruir nada. Y si bien ha habido en el país del Norte un incremento de la desocupación, no parece dejar de ser un cuadro cíclico que hasta el momento no tiene la importancia que algunos pretenden atribuirle. Aunque naturalmente no es divertido que alguien se quede sin trabajo, todo depende de los mecanismos de reaseguro que pudieran aplicarse.

Los apalancamientos , es decir lo que acá llamábamos la bicicleta , forman parte del sistema financiero y no son evitables porque se suprima el capitalismo, porque las finanzas son universales y los países más cerrados se encuentran inmersos en la necesidad de contar con papel moneda reconocida como medio de pago. Esta es la realidad. A menos que retornemos a la economía de trueque, las finanzas seguirán gobernando el orbe, con gustos y disgustos.

Porque el punto según el cual este tipo de crisis significa el fin del capitalismo es también una curiosa simbiosis ideológico-mística. El capitalismo existe como tal en todos los países, cualesquiera fueran los regímenes que los rigen. Mientras exista una moneda de papel, existirán finanzas y bancos, se llamen de una u otra forma.

Tal vez resulte crudo decir las cosas como son: nadie que pueda especular para obtener una mejor ganancia dejará de hacerlo, tanto en el mundo capitalista como en el mundo comunista o socialista. Nadie venderá sus bienes en un momento inoportuno, a menos que se equivoque, nadie rifará su esfuerzo porque determinadas autoridades le pidan solidaridad (a criterio de otros, no de sí mismo). Es conocida la fama de China en cuanto a su dura idiosincracia negociadora. Es también conocido cómo actúan países de menor cuantía, como Cuba, en materia de turismo o del pago de sus deudas con Argentina, por ejempo. El capital no deja de ser capital porque esté en manos de Estados.

Afrontar la realidad de que al mundo lo mueven intereses y no sentimientos, siguiendo la máxima de Churchill, parece ser lo más acertado, pero también lo menos digerible para el espectro ideológico de tendencia intervencionista-estatista.

Aún en la peor de las situaciones recesivas la economía mundial no llegará a los niveles de desastre de los años 30, la solidez de la infraestructura, la división internacional del trabajo (hoy llamada globalización ) y la rapidez de las comunicaciones, sumado todo al prodigioso adelanto tecnológico, pueden significar que existan momentos difíciles, pero de ninguna manera tan críticos como los de otrora.

Y la socialización de las pérdidas puede constituir también una forma de atender las dificultades, por supuesto.

Pero no deja de ser una cuestión moral hacer cargo a los otros de los errores propios. Y tanto en una situación como en la otra, si quienes pierden no son los directamente involucrados por haber tomado decisiones equivocadas, entonces estamos en presencia de víctimas inocentes.

Volvemos entonces al mundo de los principios: quien deba hacerse cargo de sus errores, que se haga cargo. Y quien por la razón que fuere no participó de esas decisiones, que no se vea involucrado en ellas. Pero si indirectamente todos sufrimos por lo que ocurre, que al menos no sea porque nos obligan a hacernos parte de la paga.

¿Es que acaso cuando los gobiernos, (de EEUU o de Europa o de donde sea), deciden intervenir y socializar las pérdidas no están haciendo cargo en el mundo entero a gentes de clases menos adineradas o incluso indigentes de los males?. ¿Por qué, si esto es así, sin embargo ciertos sectores calificados a sí mismos como de progresistas se alegran de ello si deberían sentir piedad por las víctimas?. Porque cuando el Estado sale a cubrir las pérdidas de los poderosos recurre a los dineros de toda la población, perjudicando de tal modo a los menos favorecidos, ¿o no?.

¿Y cuál sería entonces, la forma en el que el mundo evitaría que ocurran ciertas situaciones como la planteada? ¿Volver al trueque?, ¿otorgar a los funcionarios la panacea de las soluciones que según tantos no tiene el mercado?

En la encrucijada de su vida, el mundo desarrollado ha optado a nuestro juicio por el camino más fácil y laxo, que obviamente no es el de los principios. Las consecuencias de ello llegarán más temprano que tarde, quieras que no.

HÉCTOR BLAS TRILLO Buenos Aires, 20 de setiembre de 2008

ESTUDIO

HÉCTOR BLAS TRILLO

CONTADORES PÚBLICOS

ECONOMÍA Y TRIBUTACIÓN

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