La economía es una ciencia exacta

La economía no es una ciencia exacta, dicen los que saben. Sin embargo lo es absolutamente, dado que prácticamente ningún economista acierta con sus pronósticos


Los pronósticos de los economistas prácticamente nunca se corroboran. Es ésa la principal causa de mofa por parte de quienes necesitan defenestrarlos para dar curso a esa curiosa fantasía que consiste en creer que los números pueden ser dejados de lado a la hora de procurar el bienestar de una comunidad.


Cuando ciertos políticos se refieren a tales economistas emplean incluso neologismos descalificatorios. Así, hablan de economicismo y los acusan, cuando menos, de tener una visión exclusivamente materialista de la vida.

Sin embargo, no todos los políticos que en el mundo han sido emplean el mismo razonamiento sofístico. Digamos antes que nada que entre nosotros el empleo del sofisma es una exitosa técnica que ofrece muy buenos resultados. O pingües ganancias, para ponerlo en términos de economistas. Expresiones tales como no podemos dejar que todo lo resuelva la fría ley del mercado, o lo único que les preocupa a los economistas es que no haya déficit y se olvidan de la gente son bastante habituales en discursos y discursillos de barricada.

Uno de los grandes artífices de la lucha contra el déficit ha sido, sin duda alguna, el recordado ingeniero Álvaro Alsogaray. Un personaje que se hizo famoso a comienzos de los 60, como ministro de Frondizi, entre otras cosas por ser autor de la célebre frase hay que pasar el invierno, empleada para señalar que luego de transcurrida esa estación del año, los problemas de entonces estarían resueltos. Alsogaray ofrecía discursos televisivos semanales, en los cuales, tiza y pizarrón mediante, explicaba gráficamente la marcha de la economía y los caminos elegidos para resolver entre otras cosas el eterno déficit fiscal. Fue en aquellos años que Don Álvaro emitió los famosos Bonos del Empréstito 9 de julio de 1962 que tenían respaldo oro y una tasa de interés del 7% anual. Esos bonos se emitieron, justamente, para corregir el déficit y no tener que recurrir a la maquinita de la Casa de Moneda.


Alsogaray predicó en el desierto muchísimos años y siempre fue visto como un economicista y, luego del desgraciado Proceso, a fines de los 70, alguien recordó que además era Capitán. Porque efectivamente, era Capitán Ingeniero. O sea que no sólo era economicista, sino que además era militar. Tenía, para colmo, un pasado como cadete hacia el año 1930, justamente el año en que fue derrocado el gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen.

Las vueltas de la vida han hecho que un gobierno que se autocalifica de progresista como el actual, haya tomado las banderas del Capitán Ingeniero y se vanaglorie de tener superávit fiscal. Es una paradoja, o una parábola más bien. Tan curiosa como humana es la contradicción. Ahora sí interesan los fríos números de la economía y el superávit fiscal es no solamente bienvenido, sino que es una de los aspectos centrales de la política económica seguida por el actual gobierno.

Pero dejemos en paz al Ingeniero y sigamos lucubrando sobre los economistas en general. Es bastante común oír a economistas de cierta escuela ideológica hablar de los genios que pronosticaban el dólar a 10 pesos luego de la crisis de comienzos de 2002. Ninguno de ellos parece recordar sin embargo la genialidad de Don Remes Lenicov, que cuando anunció la devaluación hizo referencia a los estudios realizados con su equipo y que habían determinado que el dólar debería ubicarse en $ 1,40 por unidad. Tales estudios duraron lo que un pájaro posado en una rama que se mueve con el viento. Al mes y monedas (con perdón del economicismo), el verde se cotizaba a $ 4.- echando por tierra no solamente un pronóstico, sino el resultado de complejos cálculos econométricos. Pero sobre este magistral yerro, los economistas enfrentados a los otros economistas, no dicen una palabra. Ese valor es un 185% más alto que el asignado por el entonces ministro. Y si comparamos los $ 10.- con esos $ 4.-, tenemos un 150% más. Es decir que Remes le erró por un 185% y los economistas hoy odiados por los sectores autoproclamandos como progresistas, lo hicieron por el 150%, pese a lo cual, éstos últimos resultan defenestrados con ironías como la calificación de genios o malintencionados que responden a intereses espurios, y los primeros, representados por Don Remes, gozan de exilios dorados en Bélgica. También en la escuela de los defenestradores de economistas equivocados se ubica el Dr. Lavagna, que no ha dejado de repetir el yerro de los unos, y ha guardado un cerradísimo silencio sobre el de los otros.

Es decir que tenemos por un lado la exactitud en el yerro, y por el otro la reacción propia de un falsete. Hijos y entenados. Buenos y malos. Premiados y castigados. Bienintencionados y perversos. ¿Por qué?

Tenemos una hipótesis: cada quien tiene su corazoncito. Cada cual ve lo que quiere ver. A unos les interesa dejar mal parados a los otros, y viceversa. Pero en realidad ambos sectores incurren en errores impresionantes.

Otro aspecto de esta ciencia exacta en su desacierto es el de los incentivos dados a unas actividades en desmedro de otras. Incentivos que toman la forma de subsidios, desgravaciones, promociones, créditos blandos o lo que fuere. Cualquier actividad que resulte subsidiada de alguna forma, parte de la decisión de alguien. Alguien con poder resuelve quién debe ser subsidiado, ayudado, promovido, incentivado, etc. Alguien decide qué cosa es importante o útil y merece subsidio, y qué cosa no. Acero o caramelos. Tenemos entonces una decisión de alguien que por encima de la opinión de toda una sociedad que funciona en el reino de la escasez (que es la economía), resuelve qué necesita esa sociedad y ayuda a ello con fondos que toda esa sociedad aporta. No se sabe por cuánto tiempo, ni cómo devolverá el sector promovido el monto otorgado. No se sabe si alguna vez obtendrá ganancias, será rentable y competitivo. Simplemente se lo promueve.

Quien al no caer su ficha en la rueda de la suerte de la promoción y debe pagar, siente que trabaja para que el otro se vea favorecido. Sufre entonces el desaliento. Pero además de ello, ve mermadas sus posibilidades de progreso.

Si tenía en mente mejorar su tecnología o lo que sea porque hay mercado, observa que sus ingresos mermados por la ayuda que debe obligatoriamente otorgar al promovido, no alcanzan para lograr muchas de las metas que se podría haber propuesto de contar con tales recursos. Pero es que alguien ha decidido que a él no le toca.

Quienes no se desalientan del todo, arman cámaras para tratar de lograr ser ellos los favorecidos por la promo. En tales casos, se forman los llamados lobbies que intentarán convencer a quien tiene el poder que aquello que ellos producen es esencial y básico para el desarrollo. Acero, no caramelos.

La economía, la ciencia de la escasez, la ciencia exacta en su inexactitud, tiene respuestas para todo. Cuando Europa decidió proteger la industria cárnica no pensó que su promoción derivaría 50 años después en la enfermedad de la vaca loca. Nadie pensó hasta cuándo debería ayudarse a un sector en desmedro de otros. Hoy por hoy, Europa no tiene carne, tiene problemas de aftosa, tiene la vaca loca incorporada, ha debido reconvertir todo el sistema alimentario de los animales, y ha perdido buena parte del tren tecnológico a manos de Japón y de los EEUU.

La exactitud de la inexactitud también se da en quienes deciden qué es lo que será bueno en el futuro y qué no.

Hay en esto algo de soberbia. Los empresarios son reemplazados por los funcionarios. No deciden aquéllos qué producir, sino que lo hacen éstos, con el dinero de aquéllos, además.

El gran economista austríaco Federico Von Hayek ha publicado un libro, el último de su larga trayectoria hasta donde sabemos, cuyo título podría traducirse como La fatal arrogancia, o La presunción fatal. El título intenta reflejar lo que significa que una persona o un grupo de ellas pretenda conmover al mercado, a lo que él llama los millones de opiniones dispersas. La sola idea de que alguien puede decidir por millones de gustos y preferencias qué cosa conviene y qué cosa no, lleva ínsita la llama de la soberbia, o de la arrogancia. La creencia de que ese alguien puede saber lo que a millones de personas le conviene más. Sería algo así como que millones de personas se equivocan constantemente y hacen las cosas mal, y un funcionario o un grupo de ellos viene a decirles a esos millones, lo que deben hacer porque él sabe lo que está bien.

La economía como ciencia tiene también esta exactitud: el funcionario no sabrá. Porque es imposible que conozca los millones de variables que conllevan las millones de voluntades. Y por lo tanto es un dato que fracasará. En esto lo más lamentable es que tal funcionario utilice para sus fines la coerción del Estado y los dineros recaudados por el poder de policía que éste ostenta.

Será motivo de otras reflexiones esto de que el Estado pueda disponer de una cantidad de dinero para llevar adelante iniciativas comerciales, industriales o de cualquier índole mediante promociones o desgravaciones. Pero la realidad contante y sonante es que es una manera de sentirse un dios poder hacerlo. Repartir según su criterio es también la forma más sencilla de garantizar la corrupción.

Buenos Aires, 12 de agosto de 2007

HÉCTOR BLAS TRILLO

Contador Público

ESTUDIO

HÉCTOR BLAS TRILLO

Economía y tributación

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